Leer sin juzgar: una crítica desde el cuidado emocional

Considero que la propuesta de posponer el juicio, tal como la plantea Estanislao Zuleta, no se limita a ser un método para mejorar la lectura, sino que también representa una postura ética ante la vida y, en especial, ante la salud mental. En una sociedad como la colombiana, en la que el sufrimiento a menudo se cataloga rápidamente “débil”, “exagerado”, “dramático”, “enfermo”, posponer el juicio se transforma en un acto profundamente humano, significa frenar la respuesta inmediata, desistir de la etiqueta tranquilizadora y generar un espacio para la comprensión. Al igual que un lector genuino no se apresura a deducir lo que un texto “quiere comunicar”, quien acompaña un proceso emocional no debería correr a interpretar, diagnosticar o corregir. Posponer el juicio es permitir que la experiencia se exprese antes de que se le asigne una categoría.

En lo personal, pienso que esta mentalidad tiene un gran potencial para generar cambios. Posponer el juicio no implica considerar que todo es relativo ni abandonar criterios, sino establecer las condiciones necesarias para que el significado se revele con mayor claridad. En el ámbito de la salud mental, esto significa escuchar sin juicios morales, reconocer la complejidad de las trayectorias individuales y aceptar que el malestar no siempre es un error que deba eliminarse, sino un mensaje que necesita ser entendido. En esa intersección entre lectura y cuidado emocional, encuentro una creencia: solo cuando dejamos de lado la urgencia por comprender “cuando abrazamos la dificultad y el silencio” comenzamos a entender verdaderamente.

Sin embargo, aunque la propuesta de suspender el juicio y reconocer la complejidad es intelectualmente valiosa, también es esencial examinar sus limitaciones. La sugerencia de aceptar la complejidad, tanto en la interpretación como en el bienestar emocional, puede convertirse en una demanda excesiva para personas que ya enfrentan situaciones de inestabilidad emocional y económica. En Colombia, donde el acceso a la atención en salud mental es desigual y muchos lidiar con crisis psicológicas urgentes, no siempre es viable “reflexionar” sobre el dolor con la serenidad que implica la idea de una lectura profunda. La dificultad, aunque puede ser enriquecedora, también puede resultar agotadora. La suspensión del juicio, por más ética que sea, puede retrasar intervenciones necesarias en momentos de sufrimiento extremo.

Asimismo, aplicar sin matices la lógica interpretativa de un texto al ámbito clínico podría pasar por alto la dimensión biológica y estructural de ciertos problemas de salud mental. No todos los malestares son enigmas simbólicos que deben ser descifrados lentamente; en ocasiones, requieren atención médica inmediata, apoyo institucional y políticas públicas efectivas. Aunque la reflexión fomenta la autonomía y el pensamiento crítico, no reemplaza la responsabilidad del Estado ni la necesidad de soluciones concretas. Por ello, abogar por la dificultad no debe idealizar el sufrimiento ni convertirlo en una condición indispensable para el desarrollo personal.


Una crítica de Keren Arenas al ensayo Sobre la lectura de Estanislao Zuleta